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miércoles, 12 de abril de 2017

La despedida

-Al menos me darás un beso de despedida, ¿no?-

Ya estabas de espaldas y tu mano se había posado delicada en el pomo, en un movimiento que me hacía pensar que tu también querías retrasar el momento del golpe de muñeca que significara el adiós definitivo. Jamás un gesto tan simple había tenido tanto significado entre nosotros. Habían sido horas en las que la misma mano que ahora pugnaba por salir, se había introducido mi pelo entre sus dedos jugando en círculo sin atrevernos ninguno a afrontar lo que asaltaba la mente. Y ahora, sin mirarnos, uno de los dos tenía que hablar; como dos pistoleros enfrentados en un duelo de silencios, esperando a que alguien emitiera el primer chasquido que anuncia el sonido que rellenará el aire y permitirá desenfundar los pensamientos. Había sido yo, que siempre temí volver a sentir el pie del paso en el vacío, sorprendido de que esas palabras hubieran salido de mi boca. Quizá fuera la embriaguez de los sentidos tras toda la tarde contigo o que las palabras de la canción de Zetazen que aún resonaban en el reproductor del salón habían abordado mi lengua buscando el puerto de tu oído.


Ya sé que no merezco lo que necesito, amor. Llevo un tiempo mal y no encuentro la razón, pero algo dentro de mi está vibrando más grande que el Sol. Tengo que sacarlo porque si no va a matarme, rajarme..lo juro. Tu llórame, he congelado todo y pienso ir a por ti...



-Por supuesto, ¿qué tipo de pregunta es esa?-

Tu respuesta mientras girabas la cabeza haciendo volar tu melena azabache cortó el aire como un cuchillo y parte de ese aire penetró en mi pecho repartiendo esquirlas en su descenso hacia los nervios de mi estómago. Un paso adelante y tu mano apoyada en mi brazo para impulsar tu rostro hacia el mio me anunciaban que quizá cumplirías lo que la tarde prometía.

-No me gusta verte así, no sé que te pasa pero no me gusta. A mi no me engañas con una sonrisa y la careta de salir a la calle. Cuando cruzas esta puerta te desnudas, por muy bien que te hayas vestido. Por eso he venido.-

Eso me habías dicho nada más entrar, en una ráfaga de palabras que anunciaban la calma, mi calma, como los últimos truenos de una tormenta que necesitan repiquetear bravíos advirtiendo de la posibilidad de su vuelta. Por ello pensaba que serías tú quien por fin me besarías a lo largo de la tarde, en la vana idea de seguir jugando al escondite con la esperanza de que te encuentren. Y ahora ahí estabas a centímetros de mi, pero al final del viaje tu rostro se ladeaba hacia mi mejilla izquierda para depositar allí otro de esos besos de amiga. No podía permitirlo, no por enésima vez. Y entonces fui yo quien giró hacia ti para depositar mis labios en los tuyos húmedos y sorprendidos


Por el camino los restos de los que fui y ahora entiendo lo que dices, nos comen las perdices. Y yo elegantemente hecho un desastre. Ven, solo sácame.


Esos segundos tan anhelados pronto se desvanecieron en la separación de centímetros que recuperaste suavemente apartando tus labios mientras me mirabas a los ojos. Tu iris no delataba enfado, solo esa sorpresa de quien recibe una noticia inesperada, de quien no comprende bien lo que ha ocurrido.

-No digas nada, no es necesario. Lo siento. Pensaba que...Llevaba tiempo. Es que no sabía como..-

Mis palabras pugnaban por salir del pecho pero balbuceaban en la profundidad de mi boca incapaces de construir un discurso coherente en el aire. No podía ir más allá, no había nada que explicar si no se comprendía. No había nada que hacer, ya se había hecho todo, y estaba resignado a perder de nuevo. La táctica daba igual, la derrota siempre era segura. Solo quedaba que yo mismo lo comprendiera y lo aceptara. Que tu boca no codiciaba la mía de la misma forma, que siempre podríamos ser amigos.


Y yo que soy todo dolor y tú sigues sin entenderlo, y yo sin tiempo para explicarlo; déjalo, será mejor; si hasta el perder te lo traigo elegante.



Todo esto pensaba que podía haber dicho y hecho mientras cerrabas la puerta con un rápido gesto y un ya nos veremos flotando en la comisura de tu sonrisa y el gozne de la puerta. Pero nada de esto había ocurrido, una vez más no había sido capaz de evaporar la presión del pecho y romper el silencio. Más que por miedo a perder, por la certeza del que se sabe incapaz de ganar.


Apoyo mi mano en la puerta intentando detectar tu presencia al otro lado, pero lo único que noto es el tacto frío de la madera, que me recuerda al que ahora noto en el pecho. Ausente, vacío, vacuo.


Cuando te miro a la cara y malgasto la última bala, porque no hay fuerza en mi manos, porque en mis manos no hay nada..


Y guardo el revolver aún con esa última bala que no conoce el aire porque en él no se encuentran tus besos, solo silencio. Seguíamos siendo amigos.

Otra de esas despedidas.




Videoclip de la canción Llórame, de Zetazen. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

No lo entiendes

No lo entiendes. Pero no te preocupes,en tu lugar yo tampoco lo entendería. Desde fuera no puedes sentir lo que es esto, sentir la satisfacción en tus músculos entumecidos de cuando te visita el invierno.  Imagino que tienes tus mecanismos de escape;todo el mundo los tiene,no somos tan especiales. Yo, la verdad, hace tiempo que dejé de sentirlo así. Solo somos uno más en esta noria. Tu giras conmigo y yo intento girar simplemente lo suficientemente en círculo para mantener el sentido sin caer fuera de tu vida.

Quizá sea más fácil para todos rememorando la primera vez que pensé en correr. No buscaba ninguna marca,ni en km ni en tiempo; solo buscaba dejar tus labios cada vez más lejos. Siempre recordaré tu voz al hablar conmigo y decirme que tu mundo dejaba de girar en el mio, que tus estrechos labios nunca más serían destino. Recuerdo que tenía que entrenar aquella tarde,que Carlos me dijo qué te pasa y escucharme respondiendo: nada,traguemos,compadre.

Y a partir de entonces no hubo más rimas porque tus besos dejaron de encajar en mi poesía. Y corrí,corrí hasta ocultar tus besos. Guardé en kilómetros lo que mis labios no podían recortar en centímetros. Después,la nada. Como esa mota de polvo que vuela buscando un acomodo imposible,soñando en plata lo que solo se dibuja en cobre.

Hasta que te recordé. No lo hice yo,fue mi garganta cuando me costó tragar saliva, mi cara cuando ante el espejo solo estaba un extraño, el mismo peregrino de tus labios que simplemente ha buscado refugio en burdeles. Y ya no los necesito porque no me pertenecen. Y no me encuentro porque no se donde buscarme,solo sé huir de mi cada vez más rápido,dejando todo atrás y sin dejar pistas a nadie.

Supongo que por eso corro,supongo que por eso os robo tiempo a vosotros. Porque no se miraros a los ojos sin que se me empañen y me vea capaz de enfrentarlo.

Es más fácil volar con el aire, huir de todos, sentirse esclavo de nadie. Aún así,no es fácil; la sombra de tu miedo te persigue siempre, el carmín de otros labios solo te absuelve de pecados que asumes hierático, que bebés en la penumbra de un fracaso intermitente.

Y es entonces cuando te ves en cama extraña, observando la penumbra de igual magnitud en tu corazón y en la calle. Comprendes que solo te queda la siguiente carrera, que tu vida pasa más deprisa en kilómetros que en lágrimas. Y que es probable que nunca más puedas dejar de correr.

Y no lo entiendes.

jueves, 8 de septiembre de 2016

La reina de Londres

Las horas habían transcurrido lentas. Parecía ayer ya cuando contemplábamos ocultarse el sol tras ese skyline tan particular que se dibuja desde Primrose Hill. El día había amanecido con el frío de una noche a la intemperie pero habiendo girado el reloj no impedía ya que mi espalda estuviera empapada del cemento de Londres por el que había reptado intentando absorber con los ojos retazos de ciudad que pudiera hacer plenamente míos.

También hacía horas que me había quedado solo. En realidad eran meses, pero cuando paseas de noche por las tenues luces de la orilla del Támesis, contrastando con la iluminación nocturna de la ciudad y los puentes que la atraviesan cual cordones extrañamente insertos en un caro zapato de aguja, solo puede existir ese día y ese momento. El instante en el que uno se encuentra a sí mismo, cuando el vacío interior del silencio contrasta con el jolgorio de grupos de amigos y familias disfrutando de los placeres del recreo.

El deambular solitario y sin rumbo conduce siempre hasta calles estrechas y desconocidas, adyacentes a los grandes emplazamientos de interés turístico pero que parecen intuir otra ciudad. De la misma forma que la salida de la luna había transformado Londres en una urbe distinta a la que habíamos contemplado durante el recorrido diurno. El contraste de un sintecho a los pies de la National Gallery observado indiferente en su dormitar por policía y transeúntes, había secuestrado mi mente por unos minutos.



Absorto en esos pensamientos no sabía muy bien donde me encontraba aunque intuía el Támesis a mi derecha y la necesidad de seguir de frente hasta encontrar una calle que condujera a él. En la mano se me derretían recuerdos de mi ciudad cuando tropecé con tu mirada. Sé que nunca leerás esto, como intuyo que probablemente esos segundos no significaron nada para ti, pero no logro apartar de mi mente la expresión y el color de tus ojos de naturaleza salvaje. Y necesito exorcizarme a mi mismo con el ritual de tinta que tantas veces me llevó a abrirme el pecho en canal y esperar que el rocío que bañara mi rostro en la mañana se llevara los restos de sangre.

Cuando nuestros ojos conectaron mis piernas flaquearon por un momento antes de mantenerse firmes en el paso, como el movimiento que tu cuello realizaba acompasando el sonido que debía salir de tus cascos aunque entre nosotros solo existió silencio. Con el paso de los segundos el balanceo se volvió más lento y me permitió apreciar como briznas de tu pelo tiznado caían sobre los hombros queriendo escapar del gorro que te envolvía y donde la inscripción de Queen resaltaba brillante en el frontal reflejando a la perfección ese segundo. Allí sentada en la acera con tu música el resplandor de tus ojos verdes convirtieron aquella calle de Londres en el lugar donde cualquiera hubiera renunciado a su fe republicana si tu boca lo pedía.

Por un momento mientras seguía avanzando hacia donde estabas palpé mi bolsillo en busca del paquete de tabaco como excusa para la conversación, pero había olvidado que no fumo. Y ahí se consumió, como lo haría un cigarrillo, toda esperanza de que mi mente encontrara una razón para romper el silencio. Alcancé el lugar donde habías establecido el trono aquella noche sin haber perdido el sostén de tu mirada pero con la saliva pesada en la garganta aprisionando mis cuerdas vocales hasta dejarlas mudas.

Y así, seguí avanzando solo, dejándote atrás pero pensando en aquel encuentro hasta perderme de nuevo en la oscuridad de la noche. Como tantas veces he hecho, como tantas veces seguiré haciendo. Por el temor a caer sin darme cuenta que hace demasiado tiempo que estoy ya en el suelo.


lunes, 30 de mayo de 2016

Tinta en una botella

Cuánto tiempo habrá pasado sin lograr encontrarte de nuevo. Parecen horas en la vorágine de mi pensamiento anhelando hallar de nuevo motivos, pero sé que han sido meses. Lo sé porque he visto mis manos ajarse y sanar, casi al mismo tiempo que lo hacía mi corazón. Eso no se me ha olvidado porque aún con las manos ásperas del invierno, noto la rugosidad de las cicatrices cuando me acaricio el pecho e identifico cada una de las heridas que la tinta cubrió hasta hacerme creer que de nuevo estaba vivo.

Me acostumbré a correr intentando separar tu sombra de mis pies, pero nunca era lo bastante rápido. Quizá tampoco fui lo bastante bueno, por eso no estás. Por eso no te puedo susurrar directamente al oído y solo puedo escribir este mensaje con mi letra pequeña e ilegible que te cansaste de leer. Esa letra construida en el miedo a que de nuevo te zambullas entre las líneas del mensaje a bañarte en mis recuerdos, miedo a que de verdad me atreva a meter esta misiva en la botella y lanzarla en dirección a la costa. Por suerte sé que el puerto quedó destruido en la tormenta de nuestras lágrimas, así que no hay peligro de que si algún barco se atreve a recoger un naufrago en vida, me transporte hasta allí para que puedas reprocharme mi atrevimiento.

Da igual si me perdonarás, me cansé de gritar al aire seco de esta isla desierta en la que solo el vaho de mi aliento con olor a alcohol interrumpía la claridad de una mirada fija en las rocas del suelo intentando tropezar de nuevo; así que decidí escribir, porque poco más queda. Ni siquiera recuerdo como llegué a quedarme varado junto a los últimos restos del equipaje que con mimo preparé sin intuir lo que me esperaba y que ya no me serviría de nada. No sé si me desembarcaste junto a algunas botellas de alcohol queriendo contrarrestar los cuarenta grados de mi fiebre interna o fui yo quien naufragué al dirigir la proa hacia los arrecifes que me empeñaba en no ver en la distancia.

Siendo sinceros, tampoco recuerdo si quiero escapar o me conformo con dar vueltas en el perímetro engañando a mis sentidos pensando en que cuando la luna se oculte y yo despierte todo será distinto. El paisaje será distinto, yo seré distinto y nada habrá cambiado, porque tu seguirás sin estar aquí. Seguirás sin mirarme a los ojos cuando yo sea incapaz de dar un paso más y seguiré con los dedos enmarañados en tu pelo mojado, como la extendida mano huesuda de un cadáver que flota en el agua salada pidiendo auxilio aunque sin necesitarlo en realidad.

Y ese será tu legado. La foto amarillenta que aún escondo entre mi ropa cuando noto que alguien me mira y la muerte de mi mirada. Una mirada que se tornó vidriosa como el alcohol que apuro en el vaso, como la lluvia que con gusto acojo cada mañana mojándome el rostro para disimular una tormenta peor. La tormenta que causaste y que nadie sabe cuando termina, si es que lo hace.

Aquí está de nuevo mi escritura para demostrarme una noche más antes de dormir que sigo vivo, que la sequedad de mi piel después de exponerla sin protección se cura con un baño de tinta hasta dejar mi cuerpo igual de negro que tengo el corazón. 


miércoles, 25 de mayo de 2016

Fútbol Sala: recuerdos, sueños y recortes.

Tamara y Susana me van a matar. Llevan alentándome meses para que recupere el blog volviendo a escribir; y cuando lo hago, es con una entrada titulada fútbol sala. No es tan extraño, ya tuve ocasión hace casi un año de escribir una sobre el Real Zaragoza. Ocurre en determinadas situaciones, cuando necesitas salir un poco por la tangente de los temas de relativa ficción para meterte en el mundo real a pecho descubierto. Suelen ser entradas de poco éxito, como si alguna lo tuviera, pues están creadas más introspectivamente que para ser reflejadas en el exterior. No es relevante, lo importante de este blog es su utilidad personal.

Esta es una de esas ocasiones. Llevo unos días queriendo devorar fútbol sala, concretamente fútbol sala burgalés. Leyendo, escuchando o hablando sobre ello, sobre lo vivido el sábado y sobre los últimos 15 años. Y con la necesidad de verbalizarlo de alguna forma... ¡qué mejor que en un blog para hablar de lo que me apetece sin aburrir a nadie directamente! Escribirlo como una forma de entenderlo y entenderme. Comprender porque estoy tan feliz por este ascenso, porque me pinté el pelo y la cara de blanquiverde, porque hicimos algunos locos 1.000 kilómetros en 24 horas, porque nos dejamos la voz y acabamos sin camiseta en un pueblo de Pontevedra del que nunca habíamos oído hablar.

La familia del fútbol sala celebrando el éxito

Ya, ya sé lo que estáis pensando quien me conocéis: porque siempre te gusta dar la nota. Vale, eso es cierto, a pesar de mi natural timidez no soy de los que les importa llamar la atención en según que situaciones. Y por supuesto realicé lo descrito en el párrafo anterior porque todos los que forman el Juventud del Circulo me han tratado siempre genial y son un grupo humano de lo mejor que puedes echarte a la cara en una pista o fuera de ella. Por eso sé que sabrán arropar a Rodrigo Martinez como se merece, aprovechando a mandarle desde aquí mucha fuerza.

De hecho mi idea original era haber escrito sobre ellos directamente, sobre el equipo y sobre cada uno de los que lo forman como homenaje a lo conseguido para todos nosotros, los que amamos el fútbol sala de nuestra ciudad. Pero ayer leí un mensaje que Darío, uno de los porteros, escribió y no hubiera sido yo capaz de describir mejor la situación de lo que él lo hizo. Y es normal, porque comprendí que nadie mejor que ellos para saber lo que forman. Porque nadie es tan bueno como todos juntos.

Y pensando en la razón de mi alegría, he llegado a la conclusión definitiva: me veo reflejado en ellos, veo reflejado en los miembros del equipo y del cuerpo técnico mis mejores recuerdos y mis anhelos más profundos en el deporte del 40x20, aderezado por el amor común hacia el mismo. Por eso es cierta la frase que alguna vez he oído o leído que les recordaban: no sabéis la suerte que tenéis, sois unos privilegiados.

No necesitaré nombres para recordar que allí junto a mi en la grada estaba mi primer año en escolares ya como cadete, después de superar mi timidez para apuntarme a un equipo, algo que siempre negaba cuando mi padre insistía año a año. Y tantos momentos y equipos compartidos con él después de eso.

Roto el hielo llegaría el momento de las rivalidades contra Pintor y La Salle en escolares y contra el propio Juventud del Círculo en federados por la hegemonía, nunca resuelta, del fútbol sala de cantera en la ciudad. Mi mayor rival de entonces en ambos ámbitos estaba ahí en la cancha, y yo llevaba una camiseta suya en la grada después de haber llegado a compartir equipo, el Círculo se cerraba.

La etapa del Burgos FS B tiene un grato sabor en mi memoria. Eramos un grupo de chavales con mucho fútbol sala en las piernas y una gran relación. Muchos llegaron a jugar en Segunda B. Yo no tuve esa suerte, pero recuerdo el valor de las decenas de entrenamientos con el primer equipo compartiendo pista con probablemente la mejor generación que ha dado la ciudad, futbolistas a los que admiraba y que tuve la suerte de conocer.

Sí llegué a estar convocado para un partido, cómo olvidarlo. Era un sábado de Barca-Madrid pero lo importante para mi es que jugábamos contra la Universidad Europea de Madrid. Ha pasado una década pero tengo cada momento grabado en mi mente: el bus, la comida de camino, escribir mensajes (lejos quedaba whatsapp) a Diana y sobre todo la arenga antes de saltar a cancha. Las palabras exactas. Jitxo, si tienes que saltar a cancha, con dos cojones. No tuve que hacerlo, la portería estuvo bien cubierta los 40 minutos por un antiguo compañero del filial. Pero estaba preparado, si algo me ha aportado el fútbol sala todos estos años es confianza en mi mismo, probablemente mi personalidad hubiera sido muy distinta sin él. Probablemente este sábado no me hubiera atrevido a llevar la cara pintada.

Porque volviendo al ascenso, allí estaba a pie de pista quien me convocó e hizo debutar en otra ocasión con el primer equipo. Fue un simple torneo amistoso  en Briviesca (otra conexión con el sábado) pero ante el GSI Bilbo de División de Honor. Unos segundos que guardo con gran cariño, aunque solo tocase un balón. O quizá ni llegue a tocarle y mi mente quiere recordar que sí. También estaba allí uno de los héroes de esta tarde gallega, pero en honor a la verdad solo lo he recordado a raíz de ver la fotografía de entonces. Son muchos años metiéndome con él, sabrá perdonar este olvido.

La calidad de imagen no es buena, pero sí lo son los recuerdos y el equipo

La posición de portero no es la más sencilla para debutar y siempre se dice que estamos un poco locos, puede ser. Mas no es eso lo fundamental. Lo importante es la relación especial que se crea entre cancerberos y que observo también en el trío de la Juve, recordándome a tantos buenos compañeros en mis equipos. Nos jugamos directamente con los otros saltar a pista pero en cada entrenamiento felicitas cada buena parada, minimizas el posible error y alientas cada jugada futura como si tus minutos en pista no dependieran de que tú estés más fuerte que los compañeros. Para mi es la expresión máxima de difuminar la individualidad e integrarla en beneficio de la colectividad, la clave de este ascenso por parte de todos los arlequinados. La clave del éxito en la vida.

En el equipo que salto al Municipal de Pazos también vi reflejados incontables torneos de verano jugados, con especial cariño por la semana que pasaba en Quintanilla del Agua cada verano, así como muchos amigos y rivales de torneos amateur que se disputan y disputaban en la ciudad. También integrantes de los equipos de 1º B a los que iba a ver siempre que había ocasión, y de los que absorber también consejos, entonces y ahora.

Pero el último gran recuerdo que me viene a la mente antes de liberaros de la obligación que os habéis autoimpuesto de llegar hasta el final, los que lo hayáis hecho, es de los más dulces. Se trata de mi etapa como formador junto a mi gran amigo Carlos Pérez, he aquí una excepción poniendo el nombre por la gran cantidad de fútbol sala que ha aportado a la ciudad. Muchos de nuestros pupilos  de escolares llegaron a jugar en los distintos equipos de la Juve, e incluso uno de ellos amenazaba la portería gallega el sábado. Aún me veo junto a ese cadete espigado que venía de fútbol, dándole consejos sobre como regatear al portero en fútbol sala. Aprendió bien la lección, porque en estos años se ha cansado de hacerlo, aunque el talento le venía de serie. 

Tuvimos la oportunidad incluso de formar parte de la familia juventina en el año de creación del equipo cadete, por desgracia desaparecido. Y aunque ninguno de nuestros jugadores llegó al primer equipo, en el actual equipo juvenil del Hotel Ciudad de Burgos está de segundo entrenador nuestro capitán de entonces. Algo hicimos bien si siguió amando este deporte, que es lo más importante que a todos nos queda tras tantas horas en la pista, se haya llegado donde se haya llegado.

Foto de 2008, todos fuimos jóvenes

Es una entrada que quizá no tenga sentido hacer si se entiende como un currículo deportivo. No es tal, pues mi trayectoria no puede ser más modesta. Esta es una tarde lluviosa junto a recortes de periódico pasando las manos por el tacto rugoso y amarillento del papel; abriendo esa carpeta de retales donde se almacenaban desde joven los sueños de defender porterías como quien defiende su vida. De horas de parqué rodando por el suelo, de tardes nevadas yendo a entrenar, de días enteros de sábado viviendo el fútbol sala en su expresión más vivificada.

Pretende ser el modesto homenaje a través de mis recuerdos a toda la plantilla del Juventud del Círculo de fútbol sala. Porque ellos ayudaron a construir tal cantidad de recuerdos y son el trozo más vivo que queda del sueño que todo amante del fútbol sala burgalés tuvo desde la base.

Gracias por hacerme volver a zambullir en tantas horas de fútbol sala almacenadas en mi memoria y gracias por recordarme que los sueños también se cumplen. Enhorabuena, el fútbol sala burgalés está en buenas manos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Diario secreto, quizá

Hace horas que no quito los ojos de la pantalla del móvil. Soy incapaz de apartar la vista pensando en que quizá ella escriba en ese momento y lo vea segundos más tarde de lo debido por mi incorregible manía de tenerlo siempre en silencio. Por favor no se lo digas a nadie, te lo cuento a ti en confianza ahora que no nos lee nadie y ahora que sé que nadie te leerá hasta que ya no esté aquí para seguir amontonando la tinta de mis venas entre tus hojas mientras dejo de torcer el camino a derecha e izquierda tratando de encontrar el camino recto, que finalmente descubriré,como todos,que está bajo nuestros pies.

Te pido que no se lo cuentes a nadie porque me etiquetarían de loco. Qué son unos segundos en conversaciones banales, lugares comunes y artificios de palabras para captar atención. Pero importan.Para mi importan. Vivimos en una sociedad que nos mantiene constantemente en una rampa de lanzamiento hacia el sprint final, creyendo que aprovechamos el tiempo hasta la obsesión. Y nadie se ha parada a reflexionar unos segundos en ello. Los mismos segundos que no quiero perder yo entre su escritura y mi lectura, tratando de conectar con un mundo que probablemente no exista pero en el que yo sigo creyendo a ciegas, porque si no caería de rodillas en este preciso instante.

El cansancio está haciendo mella ya en mis labios, agrietados por el otoño que llama ya a las puertas pero que sin embargo lleva meses instalado en mi. Y creí que su sonrisa podría ser el anuncio de la primavera, pero quizá lo haya imaginado. Quizá ni siquiera exista ella y solo estemos tu y yo en esta habitación incapaces de salir de estas cuatro paredes. Quizá todo sea un sueño que me impide ver que está habitación esta acolchada y esta mañana me coloqué la camisa al revés. Sé que mucha gente lo cree, lo noto en sus miradas, mezcla de compasión y falta de esperanza. No comprenden, pero tampoco les pido que lo hagan, porque quizá no haya nada que comprender. Y tengan razón, quizá esa etiqueta sea la mía. Qué sentido tiene vivir en este mundo si no eres una etiqueta,si no eres un muñeco de porcelana que encajar como una matrioska en el puzzle que nadie tiene ganas de resolver.

Pero te hablaba de que quizá todo sea un sueño, incluido tu y simplemente esté escribiendo estas palabras con mi uña en el brazo para que las cicatrices me permitan leerlo una y otra vez hasta memorizar mis últimas palabras con sentido. Así podré repetirlas hasta que no quede aliento en mi voz para gritarlas y recibir como respuesta el eco de muros cerrados, oídos tapados y condescendientes palmadas en mi espalda.Al final es lo que todos recibimos porque nadie se para a escuchar a nadie, porque solo estamos interesados en hablar en una explosión del yo sin pensar en el nosotros. Y en ocasiones no hace falta hablar, no son necesarias las palabras cuando existen los gestos, las miradas, los roces que señalan el camino. Hacia ninguna parte concreta, pero un camino que transitar escuchando los latidos de otra persona que dicen mucho más que palabras vacías de contenido.

Hablando de sueño,casi se me olvida decírtelo¡Que cabeza la mía!Tantas cosas en ella que al final no queda nada y a punto he estado de no contar lo más importante. Hoy he soñado con ella. La he visto por un instante durmiendo plácidamente con su pelo cayendo rebelde sobre su frente,tratando de tapar sus ojos y pugnando por introducirse entre la comisura de sus labios, mientras acariciaba su mejilla como solo el dorso de mi mano lo hubiera hecho. Digo bien el dorso pues temo que tras tantos días de mis manos haciendo de dique para mis lágrimas, se hayan horadado con rugosidades que impidan acariciar otras mujeres sin provocar una mueca de disgusto. ¿Lo entiendes? Pero enseguida me he despertado, he decidido salir de ese sueño por mi mismo porque temía ser yo quien la despertara y me descubriera allí inmóvil observándola desprotegida. ¿Qué hubiera pensado? Nada bueno, como todos. Hace tiempo que nadie piensa nada bueno de nosotros, porque nadie piensa en nosotros. Ni en mi ni en ti. Espero que ya lo hayas asumido. Yo estoy en el proceso final. He decidido vivir aquí plácidamente sin preocupaciones, sin anhelar nada porque solo la falta de anhelo impide que más espinas se sigan clavando por mi piel hasta impedirme tumbar en la cama sin sentir una nueva punzada. 

Lo siento, te tengo que dejar de nuevo guardado en tu escondite, se acerca la hora de la comida según las manecillas del reloj de pared que llevan horas atormentándome y no quiero que nos descubran juntos. Sé que me lo sabrás perdonar hasta que mañana te vuelva a enseñar la luz del día. Es una forma de hablar, la única luz que podemos ver tu y yo es la de este flexo. Mientras tanto, cuídate, trataré de seguir otras 24 horas en su juego de persona cuerda solo por no tener una etiqueta que ellos creen que me pueda molestar.

Ella sigue sin escribir y yo sigo con la mirada perdida en la pantalla de mi móvil.

Te quiero mi único amigo. No sé si esto es verdad, quizá.

 Epicuro. 

jueves, 9 de julio de 2015

Trenes perdidos a tus pies

La silla era incómoda y con la mano acariciaba aquella mesa de madera cuarteada con el paso de los años. La misma que había visto tantos viajeros dejar su marca en ella; ya sea aburridos grabando a navaja su nombre o simplemente depositando sus brazos allí mientras apuraban el café que les mantuviera despiertos y dejando apenas una mota de polvo del viaje o un trozo de tela rasgado por las pequeñas astillas que sobresalían buscando la funda de una piel.

Yo había decidido pedir un vino, un tinto de Ribera del Duero. Nunca bebo vino pero tampoco nunca escribo mis textos en primera persona. Y aquí estoy ahora, quizá hastiado de tantos años como periodista escribiendo en tercera persona buscando formulaciones asépticas y neutras hasta no decir nada; o quizá cansado del amargor que tantas cervezas rubias bebidas a toda prisa dejaron en mi lengua y del dulzor que las cervezas negras bebidas con reposo dejaron en mis labios antes de convertirse en el mismo amargor cuanto más penetraban por mi garganta.

Absorto en esta disquisición había perdido de vista la ventana por la que llevaba meses observando cada tarde si llegaba el tren. Entonces un pitido agudo resonó en mis oídos y me sacó de estas ensoñaciones. Tras la confusión y susto inicial, una idea recorrió mi mente con tal velocidad, que me pareció que una descarga eléctrica exploraba todo mi cuerpo. Levanté la vista, vi el ansiado tren, y temí perderle de nuevo. Un temor que se baña en el sudor frío de quedar anclado a aquella estación como un Tom Hanks de barrio, un juguete roto como un periódico gratuito que manosear antes de acabar en manos de otro viajero, sino en una papelera.

Corrí. Corrí tanto que aún hoy día me parece que mis piernas no se han frenado. Olvidé todo abandonado en aquella mesa. El roído bolígrafo con el que escribí mis primeros esbozos de literatura, el recorte de mi primera vez en un periódico y las decenas de cuadernos que guardaba con mimo desde hace años en la maleta de viaje pues suponen el currículo vital de toda una existencia dedicada a mi mismo a través de los ojos de otras personas.

Pero ya nada importaba, anhelaba coger ese tren como hacía tiempo que no deseaba nada; desde que aquella tarde los sables en ristre cortaron nuestras gargantas como en una noche toledana y a través de las palabras que brotaban mojadas fui perdiendo esperanza en toda pasión.

Nunca he sido especialmente atlético ni coordinado por lo que esa carrera en el fondo estaba destinada al fracaso desde que nació con el estruendo de mi silla golpeando el suelo; pero en un instante no se aprecia nada, aunque en un instante puedes vivir eternamente. Lo que no esperaba era tropezar de aquella forma tan tonta en el andén cayendo a metros de la puerta que se cerraba para siempre, mientras una vorágine de pasajeros recorrían el cemento sin prestar atención a ese desaliñado enclenque que yacía en el suelo, lo que era yo en ese momento.

Y entonces fue cuando  te acercaste y me tendiste tu mano con esa mirada clara, pero que escondía cierta picaresca juvenil, que me invitaba a levantarme mientras tus labios articulaban palabras que imagine, pues era incapaz de escucharte a la vez que te miraba la boca, como una pregunta interesándote de si estaba bien. Me levanté tomando la suavidad de tus manos entre la rugosidad de las marcas dejadas por el bolígrafo de las mías y miré ese tren marchar.

Llevaba meses pensando que ese era mi tren pero desde que te vi creo que no me llevaba donde deseaba de verdad; creo que solo me trasladaba hasta la siguiente estación. Apenas me recordarás pero yo tengo tu rostro clavado en mi mente y tus labios marcados en la copa donde bebiste esa cerveza con la que te agradecí tu gesto. Todo terminó muy deprisa, parecías avergonzada de haber aceptado mi invitación, y te fuiste igual que apareciste, como la brevedad de luz que da un rayo en medio de una tormenta mientras el repiquetear de tus tacones hacía las veces del fragor de la misma en mi cabeza.

Ven. Me estoy mojando en esta noche de tormenta interminable y necesito que tu piel me haga de paraguas.