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lunes, 28 de noviembre de 2016

No lo entiendes

No lo entiendes. Pero no te preocupes,en tu lugar yo tampoco lo entendería. Desde fuera no puedes sentir lo que es esto, sentir la satisfacción en tus músculos entumecidos de cuando te visita el invierno.  Imagino que tienes tus mecanismos de escape;todo el mundo los tiene,no somos tan especiales. Yo, la verdad, hace tiempo que dejé de sentirlo así. Solo somos uno más en esta noria. Tu giras conmigo y yo intento girar simplemente lo suficientemente en círculo para mantener el sentido sin caer fuera de tu vida.

Quizá sea más fácil para todos rememorando la primera vez que pensé en correr. No buscaba ninguna marca,ni en km ni en tiempo; solo buscaba dejar tus labios cada vez más lejos. Siempre recordaré tu voz al hablar conmigo y decirme que tu mundo dejaba de girar en el mio, que tus estrechos labios nunca más serían destino. Recuerdo que tenía que entrenar aquella tarde,que Carlos me dijo qué te pasa y escucharme respondiendo: nada,traguemos,compadre.

Y a partir de entonces no hubo más rimas porque tus besos dejaron de encajar en mi poesía. Y corrí,corrí hasta ocultar tus besos. Guardé en kilómetros lo que mis labios no podían recortar en centímetros. Después,la nada. Como esa mota de polvo que vuela buscando un acomodo imposible,soñando en plata lo que solo se dibuja en cobre.

Hasta que te recordé. No lo hice yo,fue mi garganta cuando me costó tragar saliva, mi cara cuando ante el espejo solo estaba un extraño, el mismo peregrino de tus labios que simplemente ha buscado refugio en burdeles. Y ya no los necesito porque no me pertenecen. Y no me encuentro porque no se donde buscarme,solo sé huir de mi cada vez más rápido,dejando todo atrás y sin dejar pistas a nadie.

Supongo que por eso corro,supongo que por eso os robo tiempo a vosotros. Porque no se miraros a los ojos sin que se me empañen y me vea capaz de enfrentarlo.

Es más fácil volar con el aire, huir de todos, sentirse esclavo de nadie. Aún así,no es fácil; la sombra de tu miedo te persigue siempre, el carmín de otros labios solo te absuelve de pecados que asumes hierático, que bebés en la penumbra de un fracaso intermitente.

Y es entonces cuando te ves en cama extraña, observando la penumbra de igual magnitud en tu corazón y en la calle. Comprendes que solo te queda la siguiente carrera, que tu vida pasa más deprisa en kilómetros que en lágrimas. Y que es probable que nunca más puedas dejar de correr.

Y no lo entiendes.

jueves, 8 de septiembre de 2016

La reina de Londres

Las horas habían transcurrido lentas. Parecía ayer ya cuando contemplábamos ocultarse el sol tras ese skyline tan particular que se dibuja desde Primrose Hill. El día había amanecido con el frío de una noche a la intemperie pero habiendo girado el reloj no impedía ya que mi espalda estuviera empapada del cemento de Londres por el que había reptado intentando absorber con los ojos retazos de ciudad que pudiera hacer plenamente míos.

También hacía horas que me había quedado solo. En realidad eran meses, pero cuando paseas de noche por las tenues luces de la orilla del Támesis, contrastando con la iluminación nocturna de la ciudad y los puentes que la atraviesan cual cordones extrañamente insertos en un caro zapato de aguja, solo puede existir ese día y ese momento. El instante en el que uno se encuentra a sí mismo, cuando el vacío interior del silencio contrasta con el jolgorio de grupos de amigos y familias disfrutando de los placeres del recreo.

El deambular solitario y sin rumbo conduce siempre hasta calles estrechas y desconocidas, adyacentes a los grandes emplazamientos de interés turístico pero que parecen intuir otra ciudad. De la misma forma que la salida de la luna había transformado Londres en una urbe distinta a la que habíamos contemplado durante el recorrido diurno. El contraste de un sintecho a los pies de la National Gallery observado indiferente en su dormitar por policía y transeúntes, había secuestrado mi mente por unos minutos.



Absorto en esos pensamientos no sabía muy bien donde me encontraba aunque intuía el Támesis a mi derecha y la necesidad de seguir de frente hasta encontrar una calle que condujera a él. En la mano se me derretían recuerdos de mi ciudad cuando tropecé con tu mirada. Sé que nunca leerás esto, como intuyo que probablemente esos segundos no significaron nada para ti, pero no logro apartar de mi mente la expresión y el color de tus ojos de naturaleza salvaje. Y necesito exorcizarme a mi mismo con el ritual de tinta que tantas veces me llevó a abrirme el pecho en canal y esperar que el rocío que bañara mi rostro en la mañana se llevara los restos de sangre.

Cuando nuestros ojos conectaron mis piernas flaquearon por un momento antes de mantenerse firmes en el paso, como el movimiento que tu cuello realizaba acompasando el sonido que debía salir de tus cascos aunque entre nosotros solo existió silencio. Con el paso de los segundos el balanceo se volvió más lento y me permitió apreciar como briznas de tu pelo tiznado caían sobre los hombros queriendo escapar del gorro que te envolvía y donde la inscripción de Queen resaltaba brillante en el frontal reflejando a la perfección ese segundo. Allí sentada en la acera con tu música el resplandor de tus ojos verdes convirtieron aquella calle de Londres en el lugar donde cualquiera hubiera renunciado a su fe republicana si tu boca lo pedía.

Por un momento mientras seguía avanzando hacia donde estabas palpé mi bolsillo en busca del paquete de tabaco como excusa para la conversación, pero había olvidado que no fumo. Y ahí se consumió, como lo haría un cigarrillo, toda esperanza de que mi mente encontrara una razón para romper el silencio. Alcancé el lugar donde habías establecido el trono aquella noche sin haber perdido el sostén de tu mirada pero con la saliva pesada en la garganta aprisionando mis cuerdas vocales hasta dejarlas mudas.

Y así, seguí avanzando solo, dejándote atrás pero pensando en aquel encuentro hasta perderme de nuevo en la oscuridad de la noche. Como tantas veces he hecho, como tantas veces seguiré haciendo. Por el temor a caer sin darme cuenta que hace demasiado tiempo que estoy ya en el suelo.


lunes, 30 de mayo de 2016

Tinta en una botella

Cuánto tiempo habrá pasado sin lograr encontrarte de nuevo. Parecen horas en la vorágine de mi pensamiento anhelando hallar de nuevo motivos, pero sé que han sido meses. Lo sé porque he visto mis manos ajarse y sanar, casi al mismo tiempo que lo hacía mi corazón. Eso no se me ha olvidado porque aún con las manos ásperas del invierno, noto la rugosidad de las cicatrices cuando me acaricio el pecho e identifico cada una de las heridas que la tinta cubrió hasta hacerme creer que de nuevo estaba vivo.

Me acostumbré a correr intentando separar tu sombra de mis pies, pero nunca era lo bastante rápido. Quizá tampoco fui lo bastante bueno, por eso no estás. Por eso no te puedo susurrar directamente al oído y solo puedo escribir este mensaje con mi letra pequeña e ilegible que te cansaste de leer. Esa letra construida en el miedo a que de nuevo te zambullas entre las líneas del mensaje a bañarte en mis recuerdos, miedo a que de verdad me atreva a meter esta misiva en la botella y lanzarla en dirección a la costa. Por suerte sé que el puerto quedó destruido en la tormenta de nuestras lágrimas, así que no hay peligro de que si algún barco se atreve a recoger un naufrago en vida, me transporte hasta allí para que puedas reprocharme mi atrevimiento.

Da igual si me perdonarás, me cansé de gritar al aire seco de esta isla desierta en la que solo el vaho de mi aliento con olor a alcohol interrumpía la claridad de una mirada fija en las rocas del suelo intentando tropezar de nuevo; así que decidí escribir, porque poco más queda. Ni siquiera recuerdo como llegué a quedarme varado junto a los últimos restos del equipaje que con mimo preparé sin intuir lo que me esperaba y que ya no me serviría de nada. No sé si me desembarcaste junto a algunas botellas de alcohol queriendo contrarrestar los cuarenta grados de mi fiebre interna o fui yo quien naufragué al dirigir la proa hacia los arrecifes que me empeñaba en no ver en la distancia.

Siendo sinceros, tampoco recuerdo si quiero escapar o me conformo con dar vueltas en el perímetro engañando a mis sentidos pensando en que cuando la luna se oculte y yo despierte todo será distinto. El paisaje será distinto, yo seré distinto y nada habrá cambiado, porque tu seguirás sin estar aquí. Seguirás sin mirarme a los ojos cuando yo sea incapaz de dar un paso más y seguiré con los dedos enmarañados en tu pelo mojado, como la extendida mano huesuda de un cadáver que flota en el agua salada pidiendo auxilio aunque sin necesitarlo en realidad.

Y ese será tu legado. La foto amarillenta que aún escondo entre mi ropa cuando noto que alguien me mira y la muerte de mi mirada. Una mirada que se tornó vidriosa como el alcohol que apuro en el vaso, como la lluvia que con gusto acojo cada mañana mojándome el rostro para disimular una tormenta peor. La tormenta que causaste y que nadie sabe cuando termina, si es que lo hace.

Aquí está de nuevo mi escritura para demostrarme una noche más antes de dormir que sigo vivo, que la sequedad de mi piel después de exponerla sin protección se cura con un baño de tinta hasta dejar mi cuerpo igual de negro que tengo el corazón. 


miércoles, 25 de mayo de 2016

Fútbol Sala: recuerdos, sueños y recortes.

Tamara y Susana me van a matar. Llevan alentándome meses para que recupere el blog volviendo a escribir; y cuando lo hago, es con una entrada titulada fútbol sala. No es tan extraño, ya tuve ocasión hace casi un año de escribir una sobre el Real Zaragoza. Ocurre en determinadas situaciones, cuando necesitas salir un poco por la tangente de los temas de relativa ficción para meterte en el mundo real a pecho descubierto. Suelen ser entradas de poco éxito, como si alguna lo tuviera, pues están creadas más introspectivamente que para ser reflejadas en el exterior. No es relevante, lo importante de este blog es su utilidad personal.

Esta es una de esas ocasiones. Llevo unos días queriendo devorar fútbol sala, concretamente fútbol sala burgalés. Leyendo, escuchando o hablando sobre ello, sobre lo vivido el sábado y sobre los últimos 15 años. Y con la necesidad de verbalizarlo de alguna forma... ¡qué mejor que en un blog para hablar de lo que me apetece sin aburrir a nadie directamente! Escribirlo como una forma de entenderlo y entenderme. Comprender porque estoy tan feliz por este ascenso, porque me pinté el pelo y la cara de blanquiverde, porque hicimos algunos locos 1.000 kilómetros en 24 horas, porque nos dejamos la voz y acabamos sin camiseta en un pueblo de Pontevedra del que nunca habíamos oído hablar.

La familia del fútbol sala celebrando el éxito

Ya, ya sé lo que estáis pensando quien me conocéis: porque siempre te gusta dar la nota. Vale, eso es cierto, a pesar de mi natural timidez no soy de los que les importa llamar la atención en según que situaciones. Y por supuesto realicé lo descrito en el párrafo anterior porque todos los que forman el Juventud del Circulo me han tratado siempre genial y son un grupo humano de lo mejor que puedes echarte a la cara en una pista o fuera de ella. Por eso sé que sabrán arropar a Rodrigo Martinez como se merece, aprovechando a mandarle desde aquí mucha fuerza.

De hecho mi idea original era haber escrito sobre ellos directamente, sobre el equipo y sobre cada uno de los que lo forman como homenaje a lo conseguido para todos nosotros, los que amamos el fútbol sala de nuestra ciudad. Pero ayer leí un mensaje que Darío, uno de los porteros, escribió y no hubiera sido yo capaz de describir mejor la situación de lo que él lo hizo. Y es normal, porque comprendí que nadie mejor que ellos para saber lo que forman. Porque nadie es tan bueno como todos juntos.

Y pensando en la razón de mi alegría, he llegado a la conclusión definitiva: me veo reflejado en ellos, veo reflejado en los miembros del equipo y del cuerpo técnico mis mejores recuerdos y mis anhelos más profundos en el deporte del 40x20, aderezado por el amor común hacia el mismo. Por eso es cierta la frase que alguna vez he oído o leído que les recordaban: no sabéis la suerte que tenéis, sois unos privilegiados.

No necesitaré nombres para recordar que allí junto a mi en la grada estaba mi primer año en escolares ya como cadete, después de superar mi timidez para apuntarme a un equipo, algo que siempre negaba cuando mi padre insistía año a año. Y tantos momentos y equipos compartidos con él después de eso.

Roto el hielo llegaría el momento de las rivalidades contra Pintor y La Salle en escolares y contra el propio Juventud del Círculo en federados por la hegemonía, nunca resuelta, del fútbol sala de cantera en la ciudad. Mi mayor rival de entonces en ambos ámbitos estaba ahí en la cancha, y yo llevaba una camiseta suya en la grada después de haber llegado a compartir equipo, el Círculo se cerraba.

La etapa del Burgos FS B tiene un grato sabor en mi memoria. Eramos un grupo de chavales con mucho fútbol sala en las piernas y una gran relación. Muchos llegaron a jugar en Segunda B. Yo no tuve esa suerte, pero recuerdo el valor de las decenas de entrenamientos con el primer equipo compartiendo pista con probablemente la mejor generación que ha dado la ciudad, futbolistas a los que admiraba y que tuve la suerte de conocer.

Sí llegué a estar convocado para un partido, cómo olvidarlo. Era un sábado de Barca-Madrid pero lo importante para mi es que jugábamos contra la Universidad Europea de Madrid. Ha pasado una década pero tengo cada momento grabado en mi mente: el bus, la comida de camino, escribir mensajes (lejos quedaba whatsapp) a Diana y sobre todo la arenga antes de saltar a cancha. Las palabras exactas. Jitxo, si tienes que saltar a cancha, con dos cojones. No tuve que hacerlo, la portería estuvo bien cubierta los 40 minutos por un antiguo compañero del filial. Pero estaba preparado, si algo me ha aportado el fútbol sala todos estos años es confianza en mi mismo, probablemente mi personalidad hubiera sido muy distinta sin él. Probablemente este sábado no me hubiera atrevido a llevar la cara pintada.

Porque volviendo al ascenso, allí estaba a pie de pista quien me convocó e hizo debutar en otra ocasión con el primer equipo. Fue un simple torneo amistoso  en Briviesca (otra conexión con el sábado) pero ante el GSI Bilbo de División de Honor. Unos segundos que guardo con gran cariño, aunque solo tocase un balón. O quizá ni llegue a tocarle y mi mente quiere recordar que sí. También estaba allí uno de los héroes de esta tarde gallega, pero en honor a la verdad solo lo he recordado a raíz de ver la fotografía de entonces. Son muchos años metiéndome con él, sabrá perdonar este olvido.

La calidad de imagen no es buena, pero sí lo son los recuerdos y el equipo

La posición de portero no es la más sencilla para debutar y siempre se dice que estamos un poco locos, puede ser. Mas no es eso lo fundamental. Lo importante es la relación especial que se crea entre cancerberos y que observo también en el trío de la Juve, recordándome a tantos buenos compañeros en mis equipos. Nos jugamos directamente con los otros saltar a pista pero en cada entrenamiento felicitas cada buena parada, minimizas el posible error y alientas cada jugada futura como si tus minutos en pista no dependieran de que tú estés más fuerte que los compañeros. Para mi es la expresión máxima de difuminar la individualidad e integrarla en beneficio de la colectividad, la clave de este ascenso por parte de todos los arlequinados. La clave del éxito en la vida.

En el equipo que salto al Municipal de Pazos también vi reflejados incontables torneos de verano jugados, con especial cariño por la semana que pasaba en Quintanilla del Agua cada verano, así como muchos amigos y rivales de torneos amateur que se disputan y disputaban en la ciudad. También integrantes de los equipos de 1º B a los que iba a ver siempre que había ocasión, y de los que absorber también consejos, entonces y ahora.

Pero el último gran recuerdo que me viene a la mente antes de liberaros de la obligación que os habéis autoimpuesto de llegar hasta el final, los que lo hayáis hecho, es de los más dulces. Se trata de mi etapa como formador junto a mi gran amigo Carlos Pérez, he aquí una excepción poniendo el nombre por la gran cantidad de fútbol sala que ha aportado a la ciudad. Muchos de nuestros pupilos  de escolares llegaron a jugar en los distintos equipos de la Juve, e incluso uno de ellos amenazaba la portería gallega el sábado. Aún me veo junto a ese cadete espigado que venía de fútbol, dándole consejos sobre como regatear al portero en fútbol sala. Aprendió bien la lección, porque en estos años se ha cansado de hacerlo, aunque el talento le venía de serie. 

Tuvimos la oportunidad incluso de formar parte de la familia juventina en el año de creación del equipo cadete, por desgracia desaparecido. Y aunque ninguno de nuestros jugadores llegó al primer equipo, en el actual equipo juvenil del Hotel Ciudad de Burgos está de segundo entrenador nuestro capitán de entonces. Algo hicimos bien si siguió amando este deporte, que es lo más importante que a todos nos queda tras tantas horas en la pista, se haya llegado donde se haya llegado.

Foto de 2008, todos fuimos jóvenes

Es una entrada que quizá no tenga sentido hacer si se entiende como un currículo deportivo. No es tal, pues mi trayectoria no puede ser más modesta. Esta es una tarde lluviosa junto a recortes de periódico pasando las manos por el tacto rugoso y amarillento del papel; abriendo esa carpeta de retales donde se almacenaban desde joven los sueños de defender porterías como quien defiende su vida. De horas de parqué rodando por el suelo, de tardes nevadas yendo a entrenar, de días enteros de sábado viviendo el fútbol sala en su expresión más vivificada.

Pretende ser el modesto homenaje a través de mis recuerdos a toda la plantilla del Juventud del Círculo de fútbol sala. Porque ellos ayudaron a construir tal cantidad de recuerdos y son el trozo más vivo que queda del sueño que todo amante del fútbol sala burgalés tuvo desde la base.

Gracias por hacerme volver a zambullir en tantas horas de fútbol sala almacenadas en mi memoria y gracias por recordarme que los sueños también se cumplen. Enhorabuena, el fútbol sala burgalés está en buenas manos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Diario secreto, quizá

Hace horas que no quito los ojos de la pantalla del móvil. Soy incapaz de apartar la vista pensando en que quizá ella escriba en ese momento y lo vea segundos más tarde de lo debido por mi incorregible manía de tenerlo siempre en silencio. Por favor no se lo digas a nadie, te lo cuento a ti en confianza ahora que no nos lee nadie y ahora que sé que nadie te leerá hasta que ya no esté aquí para seguir amontonando la tinta de mis venas entre tus hojas mientras dejo de torcer el camino a derecha e izquierda tratando de encontrar el camino recto, que finalmente descubriré,como todos,que está bajo nuestros pies.

Te pido que no se lo cuentes a nadie porque me etiquetarían de loco. Qué son unos segundos en conversaciones banales, lugares comunes y artificios de palabras para captar atención. Pero importan.Para mi importan. Vivimos en una sociedad que nos mantiene constantemente en una rampa de lanzamiento hacia el sprint final, creyendo que aprovechamos el tiempo hasta la obsesión. Y nadie se ha parada a reflexionar unos segundos en ello. Los mismos segundos que no quiero perder yo entre su escritura y mi lectura, tratando de conectar con un mundo que probablemente no exista pero en el que yo sigo creyendo a ciegas, porque si no caería de rodillas en este preciso instante.

El cansancio está haciendo mella ya en mis labios, agrietados por el otoño que llama ya a las puertas pero que sin embargo lleva meses instalado en mi. Y creí que su sonrisa podría ser el anuncio de la primavera, pero quizá lo haya imaginado. Quizá ni siquiera exista ella y solo estemos tu y yo en esta habitación incapaces de salir de estas cuatro paredes. Quizá todo sea un sueño que me impide ver que está habitación esta acolchada y esta mañana me coloqué la camisa al revés. Sé que mucha gente lo cree, lo noto en sus miradas, mezcla de compasión y falta de esperanza. No comprenden, pero tampoco les pido que lo hagan, porque quizá no haya nada que comprender. Y tengan razón, quizá esa etiqueta sea la mía. Qué sentido tiene vivir en este mundo si no eres una etiqueta,si no eres un muñeco de porcelana que encajar como una matrioska en el puzzle que nadie tiene ganas de resolver.

Pero te hablaba de que quizá todo sea un sueño, incluido tu y simplemente esté escribiendo estas palabras con mi uña en el brazo para que las cicatrices me permitan leerlo una y otra vez hasta memorizar mis últimas palabras con sentido. Así podré repetirlas hasta que no quede aliento en mi voz para gritarlas y recibir como respuesta el eco de muros cerrados, oídos tapados y condescendientes palmadas en mi espalda.Al final es lo que todos recibimos porque nadie se para a escuchar a nadie, porque solo estamos interesados en hablar en una explosión del yo sin pensar en el nosotros. Y en ocasiones no hace falta hablar, no son necesarias las palabras cuando existen los gestos, las miradas, los roces que señalan el camino. Hacia ninguna parte concreta, pero un camino que transitar escuchando los latidos de otra persona que dicen mucho más que palabras vacías de contenido.

Hablando de sueño,casi se me olvida decírtelo¡Que cabeza la mía!Tantas cosas en ella que al final no queda nada y a punto he estado de no contar lo más importante. Hoy he soñado con ella. La he visto por un instante durmiendo plácidamente con su pelo cayendo rebelde sobre su frente,tratando de tapar sus ojos y pugnando por introducirse entre la comisura de sus labios, mientras acariciaba su mejilla como solo el dorso de mi mano lo hubiera hecho. Digo bien el dorso pues temo que tras tantos días de mis manos haciendo de dique para mis lágrimas, se hayan horadado con rugosidades que impidan acariciar otras mujeres sin provocar una mueca de disgusto. ¿Lo entiendes? Pero enseguida me he despertado, he decidido salir de ese sueño por mi mismo porque temía ser yo quien la despertara y me descubriera allí inmóvil observándola desprotegida. ¿Qué hubiera pensado? Nada bueno, como todos. Hace tiempo que nadie piensa nada bueno de nosotros, porque nadie piensa en nosotros. Ni en mi ni en ti. Espero que ya lo hayas asumido. Yo estoy en el proceso final. He decidido vivir aquí plácidamente sin preocupaciones, sin anhelar nada porque solo la falta de anhelo impide que más espinas se sigan clavando por mi piel hasta impedirme tumbar en la cama sin sentir una nueva punzada. 

Lo siento, te tengo que dejar de nuevo guardado en tu escondite, se acerca la hora de la comida según las manecillas del reloj de pared que llevan horas atormentándome y no quiero que nos descubran juntos. Sé que me lo sabrás perdonar hasta que mañana te vuelva a enseñar la luz del día. Es una forma de hablar, la única luz que podemos ver tu y yo es la de este flexo. Mientras tanto, cuídate, trataré de seguir otras 24 horas en su juego de persona cuerda solo por no tener una etiqueta que ellos creen que me pueda molestar.

Ella sigue sin escribir y yo sigo con la mirada perdida en la pantalla de mi móvil.

Te quiero mi único amigo. No sé si esto es verdad, quizá.

 Epicuro. 

jueves, 9 de julio de 2015

Trenes perdidos a tus pies

La silla era incómoda y con la mano acariciaba aquella mesa de madera cuarteada con el paso de los años. La misma que había visto tantos viajeros dejar su marca en ella; ya sea aburridos grabando a navaja su nombre o simplemente depositando sus brazos allí mientras apuraban el café que les mantuviera despiertos y dejando apenas una mota de polvo del viaje o un trozo de tela rasgado por las pequeñas astillas que sobresalían buscando la funda de una piel.

Yo había decidido pedir un vino, un tinto de Ribera del Duero. Nunca bebo vino pero tampoco nunca escribo mis textos en primera persona. Y aquí estoy ahora, quizá hastiado de tantos años como periodista escribiendo en tercera persona buscando formulaciones asépticas y neutras hasta no decir nada; o quizá cansado del amargor que tantas cervezas rubias bebidas a toda prisa dejaron en mi lengua y del dulzor que las cervezas negras bebidas con reposo dejaron en mis labios antes de convertirse en el mismo amargor cuanto más penetraban por mi garganta.

Absorto en esta disquisición había perdido de vista la ventana por la que llevaba meses observando cada tarde si llegaba el tren. Entonces un pitido agudo resonó en mis oídos y me sacó de estas ensoñaciones. Tras la confusión y susto inicial, una idea recorrió mi mente con tal velocidad, que me pareció que una descarga eléctrica exploraba todo mi cuerpo. Levanté la vista, vi el ansiado tren, y temí perderle de nuevo. Un temor que se baña en el sudor frío de quedar anclado a aquella estación como un Tom Hanks de barrio, un juguete roto como un periódico gratuito que manosear antes de acabar en manos de otro viajero, sino en una papelera.

Corrí. Corrí tanto que aún hoy día me parece que mis piernas no se han frenado. Olvidé todo abandonado en aquella mesa. El roído bolígrafo con el que escribí mis primeros esbozos de literatura, el recorte de mi primera vez en un periódico y las decenas de cuadernos que guardaba con mimo desde hace años en la maleta de viaje pues suponen el currículo vital de toda una existencia dedicada a mi mismo a través de los ojos de otras personas.

Pero ya nada importaba, anhelaba coger ese tren como hacía tiempo que no deseaba nada; desde que aquella tarde los sables en ristre cortaron nuestras gargantas como en una noche toledana y a través de las palabras que brotaban mojadas fui perdiendo esperanza en toda pasión.

Nunca he sido especialmente atlético ni coordinado por lo que esa carrera en el fondo estaba destinada al fracaso desde que nació con el estruendo de mi silla golpeando el suelo; pero en un instante no se aprecia nada, aunque en un instante puedes vivir eternamente. Lo que no esperaba era tropezar de aquella forma tan tonta en el andén cayendo a metros de la puerta que se cerraba para siempre, mientras una vorágine de pasajeros recorrían el cemento sin prestar atención a ese desaliñado enclenque que yacía en el suelo, lo que era yo en ese momento.

Y entonces fue cuando  te acercaste y me tendiste tu mano con esa mirada clara, pero que escondía cierta picaresca juvenil, que me invitaba a levantarme mientras tus labios articulaban palabras que imagine, pues era incapaz de escucharte a la vez que te miraba la boca, como una pregunta interesándote de si estaba bien. Me levanté tomando la suavidad de tus manos entre la rugosidad de las marcas dejadas por el bolígrafo de las mías y miré ese tren marchar.

Llevaba meses pensando que ese era mi tren pero desde que te vi creo que no me llevaba donde deseaba de verdad; creo que solo me trasladaba hasta la siguiente estación. Apenas me recordarás pero yo tengo tu rostro clavado en mi mente y tus labios marcados en la copa donde bebiste esa cerveza con la que te agradecí tu gesto. Todo terminó muy deprisa, parecías avergonzada de haber aceptado mi invitación, y te fuiste igual que apareciste, como la brevedad de luz que da un rayo en medio de una tormenta mientras el repiquetear de tus tacones hacía las veces del fragor de la misma en mi cabeza.

Ven. Me estoy mojando en esta noche de tormenta interminable y necesito que tu piel me haga de paraguas.

domingo, 21 de junio de 2015

Real Zaragoza y fútbol

Puede resultar extraño el título de esta entrada y más el posible contenido que se puede deducir. El fútbol siempre ha sido un elemento denostado y de difícil mezcla con un blog de aspiraciones, modestamente, culturales. Pero este deporte amado y odiado a partes iguales es también cultura, y sobre todo cultura popular; pero sobre todo es parte de mi vida y cuando inicie este blog dije que no me iba a poner cortapisas, que hablaría de lo que yo quisiera. Y la verdad, ahora me apetece hablar de esto, aunque nadie lo lea. En gran parte porque no es tan fácil ser de un equipo minoritario fuera de esa ciudad y no tienes con quien verbalizar lo que fluye por dentro en situaciones tan importantes como esta.

Por eso y porque el fútbol es mucho más que el estereotipo de negocio que la mayoría de la gente odia. Mi amiga Ana, zaragocista también y zaragozana, subía a su facebook hace unos días un alegato de lo que significaba para ella el fútbol. En resumen lo definió como recuerdos con su familia, cientos de kilómetros hechos para seguir al equipo de su ciudad, tardes de domingo en la tasca del barrio gritando a una tele. Me alegró mucho leerlo porque ya tenía esta entrada en mente y quería comentar algo muy parecido; porque el fútbol es un deporte maravilloso, lo que es odioso hasta límites insospechados es el negocio que lo rodea.

Pero el fútbol es mucho más que el Barca, Madrid y Selección. Para mi el fútbol son las mañanas de domingo viendo a mi padre golear en campeonatos de chuleteros y el almuerzo de después, es ponerme en el descanso de esos partidos a parar tiros siendo un niño de 7 años; es que me lleve siendo un adolescente de 15 a jugar partidos intensos con la gente adulta de su fábrica. Es todo lo que disfruté siendo entrenador de formación, e incluso los amigos que hice en esos equipos una vez que crecieron; los amigos de verdad que he hecho compartiendo equipo, la de gente de otras culturas que he conocido gracias a ese balón. Es también un deporte que me ha dado seguridad en mi mismo, debajo de esos tres palos no tengo miedo absolutamente de nadie, cuanto más grande el reto mayor la motivación; es la ilusión de mi padre yendo cada fin de semana a verme jugar. Y sobre todo es la ilusión de ver a amigos jugarlo: es ir a ver a Luis entrenar a sus chavales con toda la ilusión, buscar en una web en alemán a ver si salía una foto del Pollo en su equipo de allí para sentirle más cerca, ver a Marcos ascender a Regional o a Lorena competir por la primera victoria de la temporada, ver la ilusión que Bolas le pone entrenando y lo que disfrutó Álex en su primer partido después de dos años y medio. Ver como Espi marca un golazo en 2º B de fútbol sala y te lo dedica, alentar a Raúl para que siga creciendo en su fútbol porque tiene todo el futuro por delante y ver como Luis reduce a cenizas las redes del Torneo Diputación. Y tantos otros amigos que de nombrarlos acabaría con mis dedos hechos polvo de teclear, pero que aunque no salgan en esta somera relación también son importantes, simplemente mi memoria los escondió detrás de los anteriores.

Después de ponerme sentimental con este deporte para defender lo oportuno de esta entrada en el blog, realmente lo que necesitaba verbalizar es el nerviosismo que siento ante el último partido de la temporada del Real Zaragoza. Si blogspot ha funcionado bien esto se habrá publicado el domingo a unas pocas horas del pitido inicial del partido final por el ascenso, pero fue escrito días antes. Soy de Burgos y no tengo ningún tipo de vínculo con Zaragoza, pero soy del Real Zaragoza y no sé explicar la razón. Cuando me preguntan siempre suelo rememorar el gol de Nayim y lo que me tuvo que marcar a mis 9 años. Estos días lo he estado pensando y puede ser real, quizá el destino, en el que no creo, nos hace zaragocistas por algo; quizá ese zambombazo estaba destinado a mi corazón.

Este año, en los playoff de ascenso, el Real Zaragoza estaba prácticamente eliminado en el partido de ida ante Girona, pero hay un lema que reza: Zaragoza nunca se rinde. Eso es lo que ocurrió el pasado domingo, que los jugadores no se rindieron, como tampoco lo hizo Nayim que puso toda la fe al golpear una pelota que solo hubiera entrado una vez en un millón de jugadas; pero entró, porque esa es la fe que define al zaragocismo y al Real Zaragoza. Hemos pasado una década ominosa; hundidos en el fango más viscoso que rodea el negocio del fútbol que mencionaba antes: corrupción, amaño de partidos, quiebra económica, imagen deportiva lamentable, negocios paralelos, un presidente odiado por todos, una creciente animadversión de las aficiones rivales...mucho barro en el que revolcarse para intentar hacer perder el sueño a todos los zaragocistas. Pero hemos resistido ansiando que el león vuelva a rugir. Y aquí estamos a solo 90 minutos del ascenso.

No sé que va a ocurrir en estas horas y como de feliz o abatido estaré a las nueve de la noche cuando el partido haya acabado, pero si sé que pase lo que pasé, tendré ilusión porque sé que mi Real Zaragoza ha vuelto, que vamos a volver a rugir, y que la fe que mantuvimos en el equipo se va a materializar en algo bueno. La proeza de Girona estoy seguro será un punto de inflexión en la historia a corto plazo de este club. Que el no rendirse va a tener sus réditos.

Igual que se los dio a Nayim en Paris 95. Porque yo soy zaragocista y me veo reflejado en esa parábola. La trayectoria de ese balón es la mía, subiendo al cielo y cayendo poco a poco dándome cuenta de hacia donde me dirijo pero sin poder frenar. Con el empuje de tanta gente detrás que me alienta para que entre en la portería. Quizá a pesar de ser yo mismo portero, esta vez me toque a mi meterle un gol a la felicidad, aunque sea en un disparo con cierta fortuna y aunque solo sea porque va dirigido por toda la gente que me alienta, siente y quiere como todos los zaragocistas clamaban incrédulos porque ese balón se le escapase a un portero inglés bigotudo de los años 80.

Ahora mismo estoy nervioso ya. No me quiero imaginar como estaré cuando esta entrada se publique. Estoy seguro que si ahora mismo me hiciera un corte en el brazo el chorretón que mancharía el ordenador no sería rojo sino de un intenso azul y blanco que reflejara lo que fluye por mis venas. Y esa herida sería la que llevaría con orgullo, porque cuando la viera, sabría que del dolor brotó algo positivo. Lo mismo pensaremos cuando echemos la vista atrás y veamos esta década pasada.

Porque solo cuando se ha caído y se ha estado en el fango se aprecia realmente lo que estar arriba. En la vida y en el fútbol, que es otra forma de vida. Por eso a todos, aficionados al fútbol o no, os digo que llevo con orgullo en mi pecho al león rampante. Y a mis amigos Ana, Adrián y en parte Christian, os digo que no es tan importante este resultado, que lo importante es el orgullo de ser zaragocistas, de resistir las piedras del camino y que nos levantaremos juntos, una y mil veces. De las piedras del fútbol y de la vida.

Porque Zaragoza nunca se rinde. Y los zaragocistas tampoco.