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domingo, 13 de agosto de 2017

Distancia

En las noches encaramado al iceberg que guardo en la memoria soy capaz de verte y preguntarte qué haces en mi sitio. Quizá creas en la desfachatez de hablarte sin haberte vivido, pero te observo y pienso en el fragor de una fogata, sentado con amigos alrededor viendo crepitar la llama, observándola bailar en tu iris y sorbiendola con la lengua, abrasando los labios y suplicando que quede pigmento tiznado en tu boca que me manche el alma sin asfixiarme por dentro.

Y mientras tanto me dices lo que siempre supe: nueve letras y una palabra, una calavera como mensaje y un mensaje en mi duermevela. Distancia.

No sé si tú sabes lo que es sentir esos brazos de fuego por dentro abrasando la piel, oprimiendote el pecho, despertando la carne a tantos kilómetros. Yo los conozco porque he saboreado hasta cansarme esa barrera de brea y asfalto,esa lengua salvaje que se llevó entre sus dientes sanguinolientos  tantos sueños mordidos como intactas dejo las pesadillas que vuelven una y otra vez a gritarme al oído esperanza, a susurrarme camuflado odio, a morder mi lóbulo y repetirme.. lo tuvimos. Lo tendremos, o mejor, lo tendríamos si ahora mismo no estuviera resbalando por mi mejilla una lágrima de te perdí para siempre sin siquiera haberte encontrado. Una lágrima de la que sólo yo puedo hacer un océano porque ya nada vale lo que acordamos. Ni siquiera sabrás lo que palpitó en mi pecho si ni siquiera mis más firmes zancadas pueden recortar tantos kilómetros.

Se fue,y ¿a quién le importa? Nadie se enterará de que en las noches en las que la cama no es suficiente abrigo lloras al cielo, clamando porque una estrella caiga y selle tu gemido en un delirio, una exhalación y un suspiro. Una muerte segura que te vivifique por siempre. Todo unido, atado a lo que siempre quise: tu sonrisa en mi alforja y la mía inerte,en una ataúd que diga "yo lo supe tarde y tu quizá nunca, pero como yo te quiero no habrá distancia en metros que lo cubra"

viernes, 11 de agosto de 2017

El robo

Hogar proviene en último término del vocablo latino para hoguera.  Hay aspectos de la vida que creemos inamovibles sin siquiera tener que pensar en ello, como que dicho hogar será siempre refugio y protección; que ante la tormenta de nieve fuera, siempre tendrás el calor de aquel para derretirlo dentro. Igual que un corazón predestinado a ser una hoguera continua de sentimientos más allá de los inviernos que haya tenido que soportar.

Y en ese fuego se queman siempre los arrepentimientos por lo no hecho, las dudas de lo que hacer en el futuro, y el continuo presente de piernas temblando y palabras ahogándose en la garganta como un tetris incapaz de hacer línea y liberarse hacia el cielo. Por eso cuando sientes violada esa parte de ti que permanece siempre fija en la foto, todo cae a plomo dentro.

Reflexionas. Sientes la fragilidad de las creencias: se evaporan en el aire como arena fina de playa resbalando incandescente por tus pies al avanzar. Por una vez la vulnerabilidad ya no es sinónimo de la calle; sentado en ese sofá lo notas extraño, te notas extraño. Débil y sin fuerzas para nada más que no sea dormitar, te diriges a la cama.

Pero las sábanas que antaño eran el calor de la protección ahora son incendio que te impide dormir, ya no se llevan con ellas los pensamientos que van de neurona en neurona a la velocidad de una serie de 100 metros. Y te tienes que levantar, en mitad de la noche alejarte al menos 100 metros de ellas. No vives en una casa tan grande, claro, por lo que simplemente la pared de otra habitación te parece suficiente para aplacar el sudor que te baña y pensar en otra cosa. Al frescor del agua golpeando el rostro, le siguen dos hielos y un frío de cuarenta grados en la boca. Enciendes el reproductor donde suena Coltrane for lovers y zambullido en la atmósfera de la música por fin consigo hacerte venir a mi mente.

Héteme aquí de nuevo con el bolígrafo como única arma y protección, desnudo de nada más que no sean mis pensamientos, la música y la tinta. Y tú fluyendo entre todos ellos, como un lazo que anuda ya no solo mi garganta sino también mi piel y me mantiene atado a la cordura. Porque si todo es tan frágil y vulnerable como para volverse loco, se necesita un ancla para varar en aguas cálidas y dejar atrás el remolino.

Si la fortaleza de un hogar se puede desvanecer en un segundo, qué no pasará con el castillo de naipes que construyo en el aire contigo. No estarás ahí por siempre esperando a que yo me decida a liberarme de esta soga mental que anudo con más fuerza cada vez que te tengo cerca. 

Tendré que dejar aquí el bolígrafo y a Coltrane y salir desnudo al frío de la calle, el único lugar donde encontrarte y poder conversar contigo, porque antes de que vulneraran mi hogar, fuiste tu quien provocó el incendio.

Un fuego nacido de una sonrisa de abierta sinceridad y avivado con el corretear de los ojos por la sala. Quizá frente a ti encuentre el vacío del abismo o me tope con el frío que apague esta llama, pero merecerá la pena solo el hecho de intentarlo por una vez, tratar de recuperar lo que es mío, probar a sentir de nuevo el calor.

Porque has sido tú quien primero me robó. El corazón. 


lunes, 17 de julio de 2017

Tarde de domingo rara

No te atreves.

Es cierto. Por ello sigo amarrado a este teclado mientras tus palabras martillean mi cabeza como el canto de una sirena. Un Ulises que sin embargo tiene a sus marineros jaleando las doncellas varadas. Quién sabe, si hubiera sido capaz quizá estuviera aquí de la misma manera pero con la sensación del fracaso agriando mis labios, o bien al contrario, derramando miel en mi boca.

El caso es que no me atrevo, y tú lo sabes mejor que nadie porque eres tú quien me traslada en esa dicotomía, entre el sí y el no, el voy y el me quedo. No me atrevo porque no sé como hacerlo, no estoy programado para ello; si acaso existe eso más allá de ser un refugio a la timidez, por no decir cobardía. Programación, ya.

La parte fácil siempre es vivir en el sueño y hablar de ello circundándole, la parte difícil es hacer por cumplirlo; tomar las riendas y cabalgar sin miedo hacia lo incierto. Pero tú me haces pensar continuamente y no sabes cómo es vivir con la duda instalada en la cabeza y en el pecho. Esa sensación que oprime y te resta la respiración. Saber lo que es porque lo has vivido, y saber que no debiera ser así. Si apenas nos conocemos, si no existe más que en un vistazo fugaz de dos momentos, tres miradas que se cruzan y cuatro palabras que se atropellan. Y de nuevo soy yo quien yace en el asfalto, inerte...con esa sensación en el pecho. Esa maldita y bendita sensación, ese vivir inseguro, ese soñar despierto.

Quisieras ser un torrente de palabras expulsando cada una de las larvas incrustadas dentro antes de que maduren y como crisálida sea incapaz de arrancármelas, de dispararlas fuera como balas. Pero un quisiera no es un lo haré, es una tumba en la que con las uñas solo eres capaz de arañar la madera. No habrá,o no lo esperas, un disparo de nieve ni una luz cegadora, como cantaba Silvio; pero sí habrá una mirada constante y la sonrisa perfecta a la que no podré responder con la palabra precisa.

Pienso en ello. Es terrorífico como estoy sentado aquí delante tuyo, con tu presencia impoluta y vacía mientras te relleno esperando que seas mi disparo de nieve, que me mate las dudas, que me muera por siempre.Y sin embargo te encasquillas en mi garganta cuando tienes que acertar en la diana, cuando debes defenderme de mi mismo y necesito alejar la nube de la duda, acercar la esperanza de una chispa que prenda. Parece poco, una sola chispa, pero es tan difícil conseguirlo. Con una chispa podría encender una hoguera y no necesitar más porque cuando arda me encargaré de mantenerla viva con mi carne y huesos. Lanzándome a ella con la certeza en la mirada de un suicida, equilibrando así la balanza de la temperatura fuera de la piel, dentro del cuerpo.

Sin embargo todo esto se quedará simplemente aquí, en este cuaderno y en esta hoja en blanco; en este blog maldito donde transcribirlo. Son palabras que no besarán el aire a través de mis cuerdas vocales y la razón es sencilla, lo han dicho antes... no te atreves. Están atravesadas en la garganta como una espina que te desangra con cada suspiro hacia fuera, con cada trago de saliva hacia dentro.

Y conocer solo un remedio para ello. Salir huyendo de nuevo, corriendo para que la respiración de cada kilómetro vuelva a hundir esas palabras en lo profundo, en el núcleo del pecho; manteniéndose latente hasta la próxima vez que emane como larva hirviendo, como un pensamiento candente. Por no saber confrontarlo, si no es a través del repiquetear de los dedos, del compás de los pies alejándote de aquello a lo que no te atreves.

Huir de otra tarde de domingo rara sin que nadie diga salta por la ventana, ¡valiente!






lunes, 10 de julio de 2017

Aquella noche de verano

Seguro que puedes recordar un día así. Ese momento en el que entra una mujer al bar que hace girar la cabeza a todos los fieles que se agolpan entre los tragos vacíos y los recién servidos Ese instante en el que parece congelarse el tiempo, suspendida la respiración por un momento. Pero tú, tú no te has parado, puedes seguir atravesando ese segundo porque no te has girado. Apenas has notado ese huracán que parece haberse llevado el cuello de todos tus amigos. Tu vista sigue fija en la chica al fondo del bar, cuya aparente timidez la hace pasar desapercibida a esa hora de la noche. No para ti,claro, que solo piensas en si te llegarás a atrever a decirla algo y qué decir. Tienes miedo de tartamudear y que salga solo un hilillo de voz que te haga quedar en ridículo. Otra vez.

Absorto en esos pensamientos, bebes la cerveza a tragos pequeños hundiendo la boca en el vaso mientras tus ojos no pueden dejar de ver por encima del vidrio aquella sonrisa. Apenas mojas los labios porque tienes miedo de acabártela y al cambiar de bar perder ese brillo en la deriva de la noche. Rebuscas entre las notas mentales una definición para ese momento, una vez escribiste que la sonrisa de una mujer era demasiado bonita para fiarte de ella. Pero hay algo en esa sonrisa y esos ojos vivos que buscan en la penumbra. Algo que te atrapa y te ancla al suelo, a aquel bar y a aquel instante. Algo que te hace fiarte mientras te entregas a un largo suspiro.

Hace unos minutos vuestras miradas se han cruzado y has creído ver un gesto de interrogación en la suya. ¿Habrá sido involuntario, buscado? ¿Te observaba ella también o simplemente barría el espacio iluminando para ti la sala con la viveza de esos ojos salvajes?
En ese momento has jugado desafiante con su mirada durante unos segundos que han sido eternos pero no has podido descifrar lo que sus juguetonas pupilas te decían y por timidez has tenido que cambiar el foco, sin poder apartar mucho la mirada ya que su boca forma una frontera inabordable.

Las finas líneas de sus labios marcan un amistoso refugio en su rostro en el que descansar con delicadeza si te dejara. Eso pensabas cuando has decidido ir allí con paso firme pero esos ojos que te miran curiosos  están haciendo muy costoso avanzar esos metros que parecían tan escasos como largo el tiempo que te ha llevado recorrerlos. Oyes tu latido y la presión de la sangre bombeando, se ha acelerado tanto el ritmo que ahora parece que te acercas corriendo como un vendaval, pero en realidad el paso es lento e inseguro.

Al llegar a su altura ha recogido sus labios en un ademán travieso, una media sonrisa de las que restan la poca fuerza que guardaban tus piernas y piensas que vas a acabar cayendo incapaz de detener el temblor. Piensas que de caer, al menos podría ser en el desfiladero de su boca.
Ni siquiera recuerdas que la has dicho para romper el hielo, que en esta ocasión solo es una forma de hablar porque su mirada y sonrisa han fundido toda frialdad que pudiera haber en tu cuerpo.

Bailar. Ese ha sido tu recurso; hay palabras que es mejor no decir y dejar que sea el cuerpo quien hable, has confiado en que bailando tus piernas dejaran de parecer el manojo de nervios que en realidad son. Tú mismo te has sorprendido cuando ella ha aceptado y se ha fundido contigo en los pocos pasos que manejas, casi los mismos que palabras coherentes podías haberla dicho en esa situación.

Al terminar la canción, sus amigas han recogido la ropa y se han dirigido a la salida. La has pedido que se quedara pero se ha negado a ello y suavemente ha acercado el rostro para que la estamparas dos besos de despedida; esa breve décima en que ambas pieles se tocan y te sientes en contacto de un hierro candente que se te clava dentro. Y se ha girado con aire decidido, dejando al descubierto la parte de atrás de su camiseta abierta; así hipnotizado en su espalda la has perdido de vista mientras se alejaba.

Y cuando tu también te has girado, todas las piezas han encajado en tu cabeza y lo has sabido, como si pudieras ver más allá del presente. Aquella noche de verano no sería la única, solo la primera que recordar en el futuro con una sonrisa cómplice mientras con tus labios recorres la infinitud de esa espalda.

miércoles, 12 de abril de 2017

La despedida

-Al menos me darás un beso de despedida, ¿no?-

Ya estabas de espaldas y tu mano se había posado delicada en el pomo, en un movimiento que me hacía pensar que tu también querías retrasar el momento del golpe de muñeca que significara el adiós definitivo. Jamás un gesto tan simple había tenido tanto significado entre nosotros. Habían sido horas en las que la misma mano que ahora pugnaba por salir, se había introducido mi pelo entre sus dedos jugando en círculo sin atrevernos ninguno a afrontar lo que asaltaba la mente. Y ahora, sin mirarnos, uno de los dos tenía que hablar; como dos pistoleros enfrentados en un duelo de silencios, esperando a que alguien emitiera el primer chasquido que anuncia el sonido que rellenará el aire y permitirá desenfundar los pensamientos. Había sido yo, que siempre temí volver a sentir el pie del paso en el vacío, sorprendido de que esas palabras hubieran salido de mi boca. Quizá fuera la embriaguez de los sentidos tras toda la tarde contigo o que las palabras de la canción de Zetazen que aún resonaban en el reproductor del salón habían abordado mi lengua buscando el puerto de tu oído.


Ya sé que no merezco lo que necesito, amor. Llevo un tiempo mal y no encuentro la razón, pero algo dentro de mi está vibrando más grande que el Sol. Tengo que sacarlo porque si no va a matarme, rajarme..lo juro. Tu llórame, he congelado todo y pienso ir a por ti...



-Por supuesto, ¿qué tipo de pregunta es esa?-

Tu respuesta mientras girabas la cabeza haciendo volar tu melena azabache cortó el aire como un cuchillo y parte de ese aire penetró en mi pecho repartiendo esquirlas en su descenso hacia los nervios de mi estómago. Un paso adelante y tu mano apoyada en mi brazo para impulsar tu rostro hacia el mio me anunciaban que quizá cumplirías lo que la tarde prometía.

-No me gusta verte así, no sé que te pasa pero no me gusta. A mi no me engañas con una sonrisa y la careta de salir a la calle. Cuando cruzas esta puerta te desnudas, por muy bien que te hayas vestido. Por eso he venido.-

Eso me habías dicho nada más entrar, en una ráfaga de palabras que anunciaban la calma, mi calma, como los últimos truenos de una tormenta que necesitan repiquetear bravíos advirtiendo de la posibilidad de su vuelta. Por ello pensaba que serías tú quien por fin me besarías a lo largo de la tarde, en la vana idea de seguir jugando al escondite con la esperanza de que te encuentren. Y ahora ahí estabas a centímetros de mi, pero al final del viaje tu rostro se ladeaba hacia mi mejilla izquierda para depositar allí otro de esos besos de amiga. No podía permitirlo, no por enésima vez. Y entonces fui yo quien giró hacia ti para depositar mis labios en los tuyos húmedos y sorprendidos


Por el camino los restos de los que fui y ahora entiendo lo que dices, nos comen las perdices. Y yo elegantemente hecho un desastre. Ven, solo sácame.


Esos segundos tan anhelados pronto se desvanecieron en la separación de centímetros que recuperaste suavemente apartando tus labios mientras me mirabas a los ojos. Tu iris no delataba enfado, solo esa sorpresa de quien recibe una noticia inesperada, de quien no comprende bien lo que ha ocurrido.

-No digas nada, no es necesario. Lo siento. Pensaba que...Llevaba tiempo. Es que no sabía como..-

Mis palabras pugnaban por salir del pecho pero balbuceaban en la profundidad de mi boca incapaces de construir un discurso coherente en el aire. No podía ir más allá, no había nada que explicar si no se comprendía. No había nada que hacer, ya se había hecho todo, y estaba resignado a perder de nuevo. La táctica daba igual, la derrota siempre era segura. Solo quedaba que yo mismo lo comprendiera y lo aceptara. Que tu boca no codiciaba la mía de la misma forma, que siempre podríamos ser amigos.


Y yo que soy todo dolor y tú sigues sin entenderlo, y yo sin tiempo para explicarlo; déjalo, será mejor; si hasta el perder te lo traigo elegante.



Todo esto pensaba que podía haber dicho y hecho mientras cerrabas la puerta con un rápido gesto y un ya nos veremos flotando en la comisura de tu sonrisa y el gozne de la puerta. Pero nada de esto había ocurrido, una vez más no había sido capaz de evaporar la presión del pecho y romper el silencio. Más que por miedo a perder, por la certeza del que se sabe incapaz de ganar.


Apoyo mi mano en la puerta intentando detectar tu presencia al otro lado, pero lo único que noto es el tacto frío de la madera, que me recuerda al que ahora noto en el pecho. Ausente, vacío, vacuo.


Cuando te miro a la cara y malgasto la última bala, porque no hay fuerza en mi manos, porque en mis manos no hay nada..


Y guardo el revolver aún con esa última bala que no conoce el aire porque en él no se encuentran tus besos, solo silencio. Seguíamos siendo amigos.

Otra de esas despedidas.




Videoclip de la canción Llórame, de Zetazen. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

No lo entiendes

No lo entiendes. Pero no te preocupes,en tu lugar yo tampoco lo entendería. Desde fuera no puedes sentir lo que es esto, sentir la satisfacción en tus músculos entumecidos de cuando te visita el invierno.  Imagino que tienes tus mecanismos de escape;todo el mundo los tiene,no somos tan especiales. Yo, la verdad, hace tiempo que dejé de sentirlo así. Solo somos uno más en esta noria. Tu giras conmigo y yo intento girar simplemente lo suficientemente en círculo para mantener el sentido sin caer fuera de tu vida.

Quizá sea más fácil para todos rememorando la primera vez que pensé en correr. No buscaba ninguna marca,ni en km ni en tiempo; solo buscaba dejar tus labios cada vez más lejos. Siempre recordaré tu voz al hablar conmigo y decirme que tu mundo dejaba de girar en el mio, que tus estrechos labios nunca más serían destino. Recuerdo que tenía que entrenar aquella tarde,que Carlos me dijo qué te pasa y escucharme respondiendo: nada,traguemos,compadre.

Y a partir de entonces no hubo más rimas porque tus besos dejaron de encajar en mi poesía. Y corrí,corrí hasta ocultar tus besos. Guardé en kilómetros lo que mis labios no podían recortar en centímetros. Después,la nada. Como esa mota de polvo que vuela buscando un acomodo imposible,soñando en plata lo que solo se dibuja en cobre.

Hasta que te recordé. No lo hice yo,fue mi garganta cuando me costó tragar saliva, mi cara cuando ante el espejo solo estaba un extraño, el mismo peregrino de tus labios que simplemente ha buscado refugio en burdeles. Y ya no los necesito porque no me pertenecen. Y no me encuentro porque no se donde buscarme,solo sé huir de mi cada vez más rápido,dejando todo atrás y sin dejar pistas a nadie.

Supongo que por eso corro,supongo que por eso os robo tiempo a vosotros. Porque no se miraros a los ojos sin que se me empañen y me vea capaz de enfrentarlo.

Es más fácil volar con el aire, huir de todos, sentirse esclavo de nadie. Aún así,no es fácil; la sombra de tu miedo te persigue siempre, el carmín de otros labios solo te absuelve de pecados que asumes hierático, que bebés en la penumbra de un fracaso intermitente.

Y es entonces cuando te ves en cama extraña, observando la penumbra de igual magnitud en tu corazón y en la calle. Comprendes que solo te queda la siguiente carrera, que tu vida pasa más deprisa en kilómetros que en lágrimas. Y que es probable que nunca más puedas dejar de correr.

Y no lo entiendes.

jueves, 8 de septiembre de 2016

La reina de Londres

Las horas habían transcurrido lentas. Parecía ayer ya cuando contemplábamos ocultarse el sol tras ese skyline tan particular que se dibuja desde Primrose Hill. El día había amanecido con el frío de una noche a la intemperie pero habiendo girado el reloj no impedía ya que mi espalda estuviera empapada del cemento de Londres por el que había reptado intentando absorber con los ojos retazos de ciudad que pudiera hacer plenamente míos.

También hacía horas que me había quedado solo. En realidad eran meses, pero cuando paseas de noche por las tenues luces de la orilla del Támesis, contrastando con la iluminación nocturna de la ciudad y los puentes que la atraviesan cual cordones extrañamente insertos en un caro zapato de aguja, solo puede existir ese día y ese momento. El instante en el que uno se encuentra a sí mismo, cuando el vacío interior del silencio contrasta con el jolgorio de grupos de amigos y familias disfrutando de los placeres del recreo.

El deambular solitario y sin rumbo conduce siempre hasta calles estrechas y desconocidas, adyacentes a los grandes emplazamientos de interés turístico pero que parecen intuir otra ciudad. De la misma forma que la salida de la luna había transformado Londres en una urbe distinta a la que habíamos contemplado durante el recorrido diurno. El contraste de un sintecho a los pies de la National Gallery observado indiferente en su dormitar por policía y transeúntes, había secuestrado mi mente por unos minutos.



Absorto en esos pensamientos no sabía muy bien donde me encontraba aunque intuía el Támesis a mi derecha y la necesidad de seguir de frente hasta encontrar una calle que condujera a él. En la mano se me derretían recuerdos de mi ciudad cuando tropecé con tu mirada. Sé que nunca leerás esto, como intuyo que probablemente esos segundos no significaron nada para ti, pero no logro apartar de mi mente la expresión y el color de tus ojos de naturaleza salvaje. Y necesito exorcizarme a mi mismo con el ritual de tinta que tantas veces me llevó a abrirme el pecho en canal y esperar que el rocío que bañara mi rostro en la mañana se llevara los restos de sangre.

Cuando nuestros ojos conectaron mis piernas flaquearon por un momento antes de mantenerse firmes en el paso, como el movimiento que tu cuello realizaba acompasando el sonido que debía salir de tus cascos aunque entre nosotros solo existió silencio. Con el paso de los segundos el balanceo se volvió más lento y me permitió apreciar como briznas de tu pelo tiznado caían sobre los hombros queriendo escapar del gorro que te envolvía y donde la inscripción de Queen resaltaba brillante en el frontal reflejando a la perfección ese segundo. Allí sentada en la acera con tu música el resplandor de tus ojos verdes convirtieron aquella calle de Londres en el lugar donde cualquiera hubiera renunciado a su fe republicana si tu boca lo pedía.

Por un momento mientras seguía avanzando hacia donde estabas palpé mi bolsillo en busca del paquete de tabaco como excusa para la conversación, pero había olvidado que no fumo. Y ahí se consumió, como lo haría un cigarrillo, toda esperanza de que mi mente encontrara una razón para romper el silencio. Alcancé el lugar donde habías establecido el trono aquella noche sin haber perdido el sostén de tu mirada pero con la saliva pesada en la garganta aprisionando mis cuerdas vocales hasta dejarlas mudas.

Y así, seguí avanzando solo, dejándote atrás pero pensando en aquel encuentro hasta perderme de nuevo en la oscuridad de la noche. Como tantas veces he hecho, como tantas veces seguiré haciendo. Por el temor a caer sin darme cuenta que hace demasiado tiempo que estoy ya en el suelo.